por Gregario Mansa // Hace un tiempo, en un evento organizado por el Comité Nacional de Calidad (que los pobres uruguayos pagamos, revista periódica y lujosa incluida), el vicepresidente Luis Hierro López hizo un largo discurso argumentando que sus gobiernos han reducido el estado, y defendiendo la alta calidad de la administración pública de nuestro querido Uruguay. Cualquier extranjero que lo oyera, con su elocuencia y el gran peso institucional de su cargo, se retiraría absolutamente convencido de que Uruguay tiene un estado eficiente, y de que sus últimos gobiernos han tenido un fuerte compromiso con la eficiencia y la austeridad, y de que los denodados esfuerzos de esos gobiernos (tan serios y responsables), en pro de la eficiencia, la austeridad, y el respeto a los dineros del contribuyente, han sido harto exitosos.
Yo estaba ahí; no me lo contó nadie. Todos los días me recrimino no haber intervenido, no haberme parado y haberle dicho que su alocución era tan sesgada que resultaba mentirosa, que su presentación era tan parcial que no podía uno catalogarla de otra cosa que de falsa. Y, por supuesto, que ese discurso no escapaba a la tomadura de pelo constante a que somos sometidos los pobres ciudadanos, contribuyentes uruguayos.
Un poco falta de coraje, otro poco que los organizadores no querían participación del público, y mucho de falta de velocidad de reacción. La ocasión la pintan calva. Cuando el maestro de ceremonias llamó a preguntas del auditorio, hubo que haber sido rápido, saltar como un elástico y colarse como una cuña en esos segundos en que cumplieron con el formalismo de invitar intervenciones del auditorio que en realidad no querían.
Con ese episodio en mente, y unos días libres, me permití dedicar unas cuantas horas a tratar de dilucidar el misterio del estado uruguayo. Nuestro enorme estado batllista, socialista si los hay. La magia de Internet me permitió contar 1169 instituciones públicas con vida propia; de más está decir que mi cuenta dista mucho de ser exhaustiva. Entre ellas: 170 consulados, 48 empresas, 44 embajadas, 41 centros, 42 juntas y 34 comisiones.
En el resultado de mi humilde búsqueda, lo más parecido a un listado sistemático de las instituciones del enorme estado (que solventamos los uruguayos con dolor) es la llamada Guía Oficial de Autoridades, publicada por la Oficina Nacional del Servicio Civil (www.onsc.gub.uy).
Lejos de disminuir (como brillantemente sostuvo el vicepresidente) el estado uruguayo crece, como un cáncer, y a nuestra vista y paciencia. Se me ocurren tres razones para su crecimiento (otra vez: no exhaustivas): crece por su propio empuje (es suficientemente grande como para alimentar su propio desarrollo); crece por obra de los gobernantes (cuando más grande el estado, mayor el poder); y crece también por la nada desdeñable acción de los organismos internacionales de crédito y cooperación (sus propios intereses burocráticos hacen que el Banco Mundial, el BID, el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, y tantos otros, fomenten la multiplicación de consejos, comisiones, juntas, comités, centros, fondos, programas, proyectos, planes, todos altamente costosos para nosotros, los pobres uruguayos).
En Europa es lindo vivir. Por eso, los pobres uruguayos mantenemos consulados en lugares recónditos, insólitos del Viejo Continente. En Mónaco, por ejemplo. En Chipre. Los consulados en Francia, Alemania, o España, se cuentan por decenas. Ante el Vaticano mantenemos dos delegaciones: una embajada, y la representación ante la Orden de Malta. Los corajudos pueden ahondar en esto en el sitio de la ONSC que mencionamos ya, o en el del Ministerio de Relaciones Exteriores (www.mrree.gub.uy).
En nuestro hermoso y querido Uruguay, el negocio es fracasar en los negocios. Además de hacernos mantener las empresas de servicios públicos que todos conocemos (“administraciones”, en la nomenclatura oficial), nuestro enorme estado compra cuanta empresa se funda, con dos requisitos: que sea de algún amigo de algún gobernante, o que tenga un sindicato suficientemente chillón.
A quien se anime, lo invito a visitar el sitio www.cnd.org.uy , de la inefable Corporación Nacional Para el Desarrollo (CND). Comparto con ustedes mi extrañeza: por información de prensa, son unas 38 las empresas propiedad de la corporación de villanos. La lista que se presenta en el sitio es, sin embargo, de tan solo 11 empresas.
La nacionalización de la banca, vieja aspiración de la izquierda, es, hoy, una realidad: todos los bancos nacionales son del estado. El enorme estado uruguayo tiene 7 bancos: cuatro propiamente dichos, y tres que se llaman bancos, aunque no lo son, estrictamente. Los bancos bancos del estado están todos fundidos. El BROU, el BHU, el NBC y el BDC sólo subsisten para pagar sueldos y avisos publicitarios. La única razón de su existencia es la enorme tolerancia de los pobres uruguayos (nosotros), al despilfarro, al desparpajo, al destrato. Juanjo consiguió un banco para sus representados. Los miembros de AEBU tienen quien los represente. Nosotros, los pobres contribuyentes uruguayos, no.
Se oye decir que este país no tiene arreglo. Y realmente no lo tendrá, hasta que los uruguayos que rechazamos la enormidad del estado tengamos el coraje, juntos, de hacer valer nuestra calidad de ciudadanos, de reclamar nuestros derechos constitucionales. Lo que vivimos no es lo normal. Todo lo contrario: es inconstitucional. El primer paso para superar este desvío, gestado en un siglo y exacerbado en los últimos años, es que los que creemos en nosotros nos hagamos respetar. No somos mayoría, pero somos muchos. Sólo nos falta convicción. Los primeros responsables somos nosotros mismos.
