por Ignacio Ferrés //
“La premisa es que la libertad económica es el resultado necesario de la libertad política, mientras que toda la evidencia y lógica de la historia apunta en el sentido contrario. La libertad política es absolutamente imposible donde el derecho de propiedad es abolido; Y donde el derecho de propiedad es respetado la libertad política es una consecuencia natural” —Frank Chodorov.
Algunos contra-argumentan esta afirmación diciendo que en muchas dictaduras de derecha se defiende y se ha defendido a capa y espada el derecho de propiedad y, aún así, estamos ante una dictadura; perdemos nuestra libertad política. Sin embargo, esa es una falacia.
Una dictadura (o sea la pérdida de la libertad política) se hace posible sólo porque existe una autoridad que nos puede decir que hacer, cómo comportarnos y nos exige una cuota obligatoria de impuestos sobre el fruto de nuestro trabajo. Todo eso en realidad no es más que un atropello a nuestro derecho de propiedad.
Los medios de comunicación, por ejemplo, (típicamente intervenidos en cualquier dictadura) pierden la libertad de mostrar o comunicar lo que consideren conveniente y el Estado controla sistemáticamente qué se dice y qué se muestra. Los dueños de los medios de comunicación no tienen más que callar o ir presos (y en algunos casos morir). Todos los periódicos, de todas las ideologías, son controlados. Pero el derecho a la libertad de expresión no es otro que el derecho a la propiedad privada. Es el derecho a comprar papel y tinta, escribir lo que uno quiera en él, e intercambiar libremente esos papeles con otras personas, ya sea a cambio de algo o no. Es el derecho de una persona de poner una emisora de radio o televisión y decir por ella lo que se quiera. Los demás, por supuesto, no están obligados a ver ni oír lo que no tengan ganas de ver o de oír. No hay libertad de expresión posible si no existe un respeto irrestricto de la propiedad privada.
El principal derecho de propiedad violado por las dictaduras es el derecho de propiedad de uno mismo. Uno es propietario de su propio cuerpo, y por lo tanto tiene el derecho de hacer con él lo que uno quiera mientras no se agreda a otros. Uno tiene derecho sobre el fruto de su trabajo. Uno es una persona privada. De lo contrario seríamos una propiedad colectiva, donde otros individuos encarnados en “el pueblo”, “la patria”, “la tribu”, o lo que fuera, tendrían el derecho sobre nuestro cuerpo y el fruto de nuestro tiempo y energía. Eso es esclavitud; nada más contrario a la libertad o, en definitiva, a la propiedad.
Si alguien, sin importar cuantos sean —una persona, mil personas, o una mayoría democrática— tiene derecho sobre nosotros y nuestras posesiones o, lo que es lo mismo, no respeta la propiedad privada de nuestro cuerpo y nuestras cosas, entonces estamos indefectiblemente ante una dictadura.
